Cuarta jornada

Han pasado varias noches sin descargar en papel los demonios que enfrento durante el día. No ha sido porque la maldad se haya mantenido a distancia, más bien todo lo contrario, pero ha estado tan cerca que han sido noches de vigilia o sueño inquieto.

Luego del combate con los demonios que ocupaban el templo desecrado de Valiria, me distraje unos minutos recorriendo el lugar y cuando volví con el resto del grupo se nos habían unido un alto elfo de DelRiben
 y una druida medio-elfa del bosque. Mientras estábamos presentándonos Alatariel comenzó a desmenuzar a uno de los demonios buscando la piedra que tenían en su poder. Al morir, ya no parecían enanos sino demonios alados, deformes criaturas que no parecían haber nacido de ningún ser vivo. Finalmente Alatariel desenterró la piedra del cuerpo de uno de ellos pero la dejó caer luego de sostenarla un segundo, pálida y enfermiza, la elfa se quedó mirando la piedra negra que parecía absorber la luz. Varios intentaron tomarla, todos fueron afectados por ella, yo mantuve mi distancia, era claro que algún tipo de maldad habitaba esa piedra. Por alguna razón Raelin decidió quedarse con ella, Alatariel no quería tenerla cerca.
Con el pasar de los días, quedó claro que la decisión de Alatariel fue la más prudente. Al principio no fueron más que pequeños cambios, el tono de la voz, un malhumor pasajero, pero con los días se hizo innegable que Raelin estaba siendo afectado por la piedra. La herida en su frente se abrió y fue creciendo hasta llegar a su cuello, sus ojos cambiaron de color, no aceptaba la idea de darle la piedra a alguien más (jamás la secaba de su bolsillo) y no lograba meditar. Esto último lo sé solamente porque comencé a vigilarlo durante la noche, al principio sola, luego comenzamos a turnarnos con los elfos.
Alatariel, cada noche, sugería que lo matáramos. Cada noche que pasaba, me iba convenciendo a mí misma de que era el camino más racional. Snowball fue quien ayudó a mitigar la situación, le pidió la piedra prestada a Raelin, y él se la prestó. Como a todos los demás, la piedra afectó a Snowball, mientras hacía una mueca de disgusto, le ofrecí un pescado en trueque por ella, sin dudar me la dio diciendo "Ya no es divertido.". La piedra me produjo una pesadez y malestar desagradable, que desapareció apenas la solté. Llamé a Alatariel y guardamos la piedra en un bolso, atamos el bolso a un palo y así la mantuvimos a distancia. Esa noche Raelin pudo meditar nuevamente.
Pasó un tiempo pero no vi ninguna mejora en el aspecto del monje, así que le pregunté si aceptaba mi ayuda, me contestó con inusual brusquedad "¿Ayuda con qué cosa?", cuando le expliqué que era sobre herida, aceptó. Apliqué uno de los conjuros básicos que aprendí cuando niña en el templo, con él he curado todo tipo de heridas, sin embargo solamente logré que el tajo en su rostro se redujera a su tamaño original pero no se volvió a cerrar.

Luego de quitarle la piedra a Raelin pude volver a dormir en paz, el resto del viaje hacia Husky fue tranquilo. Al llegar al río que separa las montañas nos detuvieron unos guardias de la raza de hombres-can que habitan Husky. Nos exigían pagar para darnos pasaje a través del puente, cuando empezaba a disuadirlos de lo importante que era tener un grupo de héroes como nosotros en el pueblo, el alto elfo de DelRiben (sabe Orga que nunca recuerdo los nombres de nadie hasta que hemos compartido el campo de batalla) dijo que quería tocar la flauta, el resto de los elfos (excepto Alatariel) se sumaron rápidamente a la idea. Con poco esfuerzo convencí a los guardias de pagar nuestro peaje con un espectáculo, no tengo la facilidad de mentir de los poetas, así que no voy a describir lo que presencié esa tarde, baste decir que a los canes les encantó, al punto que nos pagaron por el espectáculo. Quise darle mi parte a Snowball pero no aceptó, dijo que no le gustaba, prefería sus tenedores.

Cuando finalmente arribamos a Husky, Snowball no paraba de decir que no confiáramos en nada de los que nos dijeran, que solamente había uno de estos "perritos" en los que se podía confiar, un amigo suyo que no recuerdo su nombre. El lugar hedía, y cualquier brisa arrastraba hedor y pelos en mismas cantidades. Al notar mi disgusto, el druida usó un conjuro para perfumar el área a nuestro alrededor. Entramos a un bar, pero en algún momento perdí de vista a Snowball, que desapareció con Raelin y el alto elfo. Sin buscarlo, los hombres se fueron por un lado y nosotras quedamos por otro. La druida decidió transformarse en perra, algo un poco arriesgado dadas las circunstancias pero que resultó útil y divertido. Todos los comensales del lugar empezaron a traerle ofrendas, a falta de algo mejor que hacer me puse de casamentera, juzgando cada ofrenda y el aspecto del ofrendador. Alatariel mientras tanto despilfarró algunas piezas de plata en una habitación (una noche más acampando no hubiera cambiado nada) donde descansamos hasta el día siguiente.

A la mañana partimos hacia la casa del amigo de Snowball, esperando encontrarnos con nuestros compañeros de grupo. Allí los encontramos, habían pasado la noche en unas "cómodas" cuchas y ya se aprontaban a continuar el viaje hacia Khasmodan.

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